Empieza el día que nunca terminó, le cuesta abrir los ojos, sabe que todo sigue igual...es el mismo mundo.
Un lugar oscuro, a veces también caliente (en realidad siempre, no lo quiere admitir, trata de hacerlo más placentero), su casa...siempre oscura, el sol decide por una razón obvia e incorregible todos los días entrar al mundo que no le pertenece, es imposible que hayan trozos de luz cuando no existe espacio para ningún otro elemento.
Entonces benditamente solo y en la oscuridad, continua su recorrido, sintiendo no más que su piel frotando las paredes de cuero y los fideos gigantes que guindan del techo, trata de encogerse, no quiere sentirse tan grande, este sitio le causa sentimientos de encarcelamiento, no es libre...nunca lo será, tan solo quiere que Daniel descanse, que guste del aire, o que disfrute la playa, así él sería capaz de degustar la sal, el polvo.
Rodeado por el color negro tan intenso que algunas veces se torna rojo, se encandila y decide cerrar sus ojos. Está en un espacio tan íntimo, no puede ver más allá que así mismo...al menos tiene oportunidad de conocerse.
Me acuerdo un día que me contó que trato de liberarse, tenía un plan magnífico,"Si camino y camino me hincharé como un bombillo y podré salir de este infiernillo", me dijo. Quería crecer de tal manera que despedazara sus angostos límites, tras recorrer siete kilómetros...no lo logró, los fideos que se sostenían del techo y material tan especial de su casa funcionaban específicamente para impedirle su plan. El "hogar" crecía con él.
Muchos días se preguntó el porque de su desdicha (tampoco supo la respuesta), su destino era tan infeliz, parecido al de sus colegas, pero no igual ¡era peor!, ellos tenían al menos tres casas que les permitía estirarse de distintas maneras, pero él estaba condenado a estar encerrado, tenía solamente una habitación para acomodarse, en una única posición, siempre el mismo sitio, ni siquiera le concedían las quince horas de descanso, era una rutina consecutiva.
Jugaba a imaginar (solamente así lograba romper las fronteras de lo que conocía), ya no quería abrir los ojos siempre veía lo mismo, color negro-rojizo o nada. Le hubiera gustado tanto tener unas ventanas, ver el mundo, la realidad...el exterior.
No podía hacer lo que deseaba, hablar con los demás, sentir el pasto, conocer la suavidad...sus sueños, tan simples e imposibles, su morada le impedía sus anhelos. Odió este mundo como las gallinas odian cruzar la calle, lo odió tanto que aspiró su liberación, y la espero con ansías.
Los días le parecían la incertidumbre más predecible, siempre paralelos al pasado, en realidad no existía un pasado, el presente era exactamente lo mismo, sus recuerdos los había modificado él mismo, esto era algo que solamente estando en ese lugar podría haber logrado. Él fue uno de los pocos que creó su realidad. A veces eso le agradaba, era el mundo que él se imaginó, sabía para que estaba allí, para ayudar a Daniel a crear su mundo…tan solo avanzando.
La esperanza lo acompañó mucho tiempo, pero trata de ver este mundo como su hogar, era su protección y comprende que necesita de esa casa para descubrir su destino, el paradero tan importante, para seguir trabajando, guiando paso a paso a Daniel. Luego de varias luchas en su cabeza comprende que es más importante seguir andando que quedarse en un lugar solo por no poder ver el paisaje. Decide omitir los malos olores, el delimitado espacio y continúa. Lo hace... vive, con la realidad de sus sueños, la única que su casa le permite ver.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Es muy real, la delimitacion, el poco espacio y la perdida de la esperanza, quizás es la historia que se repite...me hubiera gustado un cambio al final, que de esperanza porque cada día hay menos.
Publicar un comentario